Medianoche en México, de Alfredo Corchado.
Una de las frases de Medianoche
en México debería tomarse como dogma
de fe: “Todo cambio lleva su tiempo”. Han pasado trece años desde el arribo del PAN al poder, y
apenas uno de su salida. El PRI gobernó por más de setenta años. Ahora
está de regreso.
Pareciera, entonces, que la tesis del autor es que el
cambio en México ahí viene; muy lento, pero viene. Y eso que Alfredo Corchado
despliega en muchas partes de su libro
una verdadera fe en el cambio, en el logro de esa quimera llamada “el sueño
mexicano”.
Todo comienza con una llamada de advertencia: ha surgido
la amenaza de muerte para un periodista estadounidense radicado en México.
Alfredo la recibe en su departamento de Coyoacán, en el Distrito Federal, y de
inmediato llama a sus contactos. Aunque no es la primera vez que recibe una
advertencia de ese tipo, no es para tomarlo a la ligera: la amenaza parece
venir de los Zetas, el grupo armado más violento en la historia de un país
históricamente violento.
A partir de ahí comienza el descenso a las tinieblas que
tan bien indica el subtítulo del libro. Alfredo Corchado entrelaza los hechos
que siguieron a la advertencia con su propia historia, en un tiempo que
pareciera muy lejano, pero que no lo es. Un tiempo donde los trabajadores
mexicanos cruzaban todos los días la frontera para trabajar en Estados Unidos,
y regresaban a México con la misma tranquilidad por la tarde o por la noche.
Corchado impregna su libro por un amor que podría ser
hasta cursi. Pero no. Es el amor de un migrante, de alguien que de principio no
se quería ir de su país, y que después, cuando entendió su nueva naturaleza, no
hizo más que soñar con el regreso, en hacer algo por la tierra de su familia,
de sus ancestros. En ese tono, el libro es también la crónica del desencanto,
la pérdida de esa inocencia que los estadounidenses tanto se ufanan (o se
ufanaban1). Es la narrativa de la fe menguante.
Pese a su deseo de quedarse, de esperar por ese cambio iniciado
con la elección de Vicente Fox en el 2000, el país golpea al
narrador una y otra vez; y este termina por contarnos lo que ya sabemos,
mas siempre desde el punto de vista narrativo de una Pandora que se asoma al la caja recién abierta:
la corrupción endémica, enraizada hasta la médula en un país que bien compara
con un cuerpo enfermo; la lista creciente de muertos (comparada solo con la
lista de los implicados en el narcotráfico), el baño de sangre, Ciudad Juárez
convertido en un dantesco círculo del infierno.
Las últimas partes del libro son quizás las más
desgarradoras: entreverado con su historia personal, el autor, completamente
desencantado de México, nos narra el funeral de un grupo jóvenes que fueron asesinados por error en
una fiesta, su acercamiento con los padres, el dolor en carne viva. En
contraposición, cuenta también un hecho de lo más habitual: un acto de corrupción
que, sin embargo, sirve para ejemplificar la podredumbre del sistema; sin
importar el partido político.
Al final, como si de una novela circular se tratara,
Alfredo Corchado vuelve al inicio de todo. Una vez más, cuando pareciera
vislumbrar una luz al final del túnel, una señal de que el ansiado cambio
existe (o al menos comienza a avanzar un poco más rápido), otra llamada del
mismo contacto le pone los pies en la tierra.
Al cerrar el libro,
la última frase queda prensada de uno, y uno se duerme; y al día
siguiente, al poner las noticias, no se puede evitar el impulso de abrir de nuevo
el libro y leer esa frase una y otra vez,
y aceptarlo: Alfredo Corchado tiene razón. Es medianoche en México, y faltan
muchas horas para el amanecer.
ANOTACIONES
1.
En un documental de la BBC
de Londres, Carlos Fuentes señala que esa inocencia, una de las
virtudes de los Estados Unidos, no puede existir en un mundo que ha conocido
los campos de concentración, el gulag, y tantos otros horrores a lo largo del
siglo XX.