La
vida es como una mala canción.
Reinó
el silencio.
La
reunión había acabado y era el momento de regresar cada uno a su
lugar. Muchos ni si quiera quisimos entrar a la sala de juntas; las
últimas dos veces fue para dar malas noticias disfrazadas de buenas
o para dar anuncios oficiales cuyas omisiones resultaron ser lo
realmente importante.
Era
el estilo.
Aquella
vez fuimos convocados para la presentación oficial de los nuevos
jefes: tres hombres llegados de fuera que venían a cubrir puestos
especializados. Si ellos estaban calificados o no para esos puestos,
era algo que sabríamos con el paso de los días. En ese momento lo
importante era la presentación, que resultó durar menos de lo
planeado. Nadie decía nada.
Cada
uno de ellos había dado un paso al frente, dicho su nombre, lo
agradecidos que estaban con el director por la oportunidad, y, por
supuesto, la amenaza velada: “Ya nos iremos conociendo y sabiendo
qué hace cada uno de ustedes”. Pero ya. No sé si esperaban una
ronda de preguntas y respuestas, o qué diablos.
Estaba
el director por terminar la reunión cuando uno de ellos, el más
flaco, dio un paso adelante. Dijo: Yo quiera comentar algo, si el
director me lo permite. El director se lo permitió y nosotros, qué
de otra, tuvimos que chutarnos el pequeños sermón.
Dijo
el nuevo jefe:
Otro
silencio. Incómodo silencio.
Al
cabo, por fin dieron la orden de regresar a trabajar. Creí que la
única inteligencia ofendida había sido la mía y, sin embargo, no
fue así. Fue la comidilla por semanas, y por semanas, comentando lo
ocurrido con mis compañeros, al recordar las palabras de aquel
sujeto, no pude quitarme de encima la sensación de estar en una
canción, en una muy mala, en una de Arjona.
Así
de jodida estaba la cosa.

