lunes, 22 de abril de 2013




Libros (en su día)

Hay varias fechas a las que critico y no celebro por ser, para mí, una mera pose comercial o, muchas veces,  hasta un insulto velado. Así pues, para mí no hay ni día del abuelo, ni día del amor y la amistad, ni día internacional de la mujer y así, tantas otras. Sin embargo, hoy, 23 de abril, día en que se celebra a los libros (esos compañeros de viaje que hacen la vida más llevadera y mantienen a la soledad a raya cuando ésta se pone pesada), sí pienso hacer mención.  En el afán de no contradecirme tanto, no saldré corriendo a comprar un libro hoy. No, hoy no; en cambio sí  ofrezco el inicio de muchas obras  a las que tanto les debo y me hacen el honor de dormir en mi cementerio personal y de ser parte de mi ADN.



Drácula, por Bram Stoker

I.- DEL DIARIO DE JONATHAN HARKER
Bistritz, 3 de mayo. Salí de Münich a las 8:35 de la noche del primero de mayo, llegué a Viena a la mañana siguiente, temprano; debí haber llegado a las seis cuarenta y seis; el tren llevaba una hora de retraso. Budapest parece un lugar maravilloso, a juzgar por lo poco que pude ver de ella desde el tren y por la pequeña caminata que di por sus calles. Temí alejarme mucho de la estación, ya que, como habíamos llegado tarde, saldríamos lo más cerca posible de la hora fijada. La impresión que tuve fue que estábamos saliendo del oeste y entrando al este. Por el más occidental de los espléndidos puentes sobre el Danubio, que aquí es de gran anchura y profundidad, llegamos a los lugares en otro tiempo sujetos al dominio de los turcos.







El Conde de Montecristo, por Alejandro Dumas
 
El 24 de febrero de 1815, el vigía de Nuestra Señora de la Guarda dio la señal de que se hallaba a la vista el bergantín El Faraón procedente de Esmirna, Trieste y Nápoles. Como suele hacerse en tales casos, salió inmediatamente en su busca un práctico, que pasó por delante del castillo de If y subió a bordo del buque entre la isla de Rión y el cabo Mongión. En un instante, y también como de costumbre, se llenó de curiosos la plataforma del castillo de San Juan, porque en Marsella se daba gran importancia a la llegada de un buque y sobre todo si le sucedía lo que al Faraón, cuyo casco había salido de los
astilleros de la antigua Focia y pertenecía a un naviero de la ciudad.







Ana Karenina, por León Tolstoi.

Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.















Madame Bovary,  por Gustave Flaubert     
Estábamos en la sala de estudio cuando entró el director. Es seguido de un “novato” con atuendo pueblerino y de un celador cargado con un gran pupitre. Los que dormitaban se despertaron, y todos se fueron poniendo de pie como si los hubieran sorprendido en su trabajo.
El director nos hizo seña de que volviéramos a sentarnos; luego, dirigiéndose al prefecto de estudios, le dijo a media voz:
   -Señor Roger, aquí tiene un alumno que le recomiendo, entra en quinto. Si por su aplicación y su conducta lo merece, pasará a la clase de los mayores, como corresponde a su edad. 






Historia de dos ciudades, por  Charles Dickens
Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.










Los hermanos Karamazov, por Fedor Dostoyevski         
Alexei Fiodorovitch Karámazov era el tercer hijo de un terrateniente de nuestro distrito llamado Fiodor  Pavlovitch, cuya trágica muerte, ocurrida trece años atrás, había producido sensación entonces y todavía se recordaba. Ya hablaré de este suceso más adelante. Ahora me limitaré a decir unas palabras sobre el «hacendado», como todo el mundo le llamaba, a pesar de que casi nunca había habitado en su hacienda. Fiodor Pavlovitch era uno de esos hombres corrompidos que, al mismo tiempo, son unos ineptos -tipo extraño, pero bastante frecuente- y que lo único que saben es defender sus intereses. Este pequeño propietario empezó con casi nada y pronto adquirió fama de gorrista. Pero a su muerte poseía unos cien mil rublos de plata. Esto no le había impedido ser durante su vida uno de los hombres más extravagantes de nuestro distrito. Digo extravagante y no imbécil, porque esta clase de individuos suelen ser inteligentes y astutos. La suya es una ineptitud específica, nacional.





El viejo y el mar, por Ernest Hemingway             
Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En los primeros cuarenta días había tenido consigo a un muchacho. Pero después de cuarenta días sin haber pescado, los padres del muchacho le habían dicho que el viejo estaba definitiva y rematadamente salao lo cual era la peor forma de la mala suerte; y por orden de sus padres, el muchacho había salido en otro bote, que cogió tres buenos peces la primera semana. Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su bote vacío, y siempre bajaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía una bandera en permanente derrota.








Pedro Páramo, por Juan Rulfo


Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de otro modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.













El gran Gatsby, por Scott Fitzgerald
En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un consejo que desde aquella época no ha dejado de darme vueltas en la cabeza.

“Cuando sientas deseos de criticar a alguien” -fueron sus palabras- “recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste.”











Dos crímenes, por Jorge Ibargüengoitia
La historia que voy a contar, empieza una noche en que la policía violó la Constitución. Fue también la noche en que la Chamuca y yo hicimos una fiesta para celebrar nuestro quinto aniversario, no de boda, porque no estamos casados, sino de la tarde de un trece de abril en que ella "se me entregó" en uno de los restiradores del taller de dibujo del Departamento de Planeación. Había una tolvanera cerrada que no dejaba ver ni el Monumento de la Revolución que está a dos cuadras; yo era dibujante, la Chamuca había estudiado sociología, pero tenía plaza de mecanógrafa, los dos trabajábamos horas extras, no había nadie en la oficina. A la fiesta de aniversario habíamos invitado a seis de nuestros mejores amigos, cinco de los cuales llegaron a las ocho cargados de regalos: el Manotas con el libro de Lukács, los Pereira con el jorongo de Santa Marta, Lidia Reynoso con unos platos de Tzinzunzan y Manuel Rodríguez con dos botellas de vodka del mejor que había conseguido a través de un amigo suyo que trabajaba
en la Embajada Soviética.





Aura, por Carlos Fuentes
                                                          
LEES ESE ANUNCIO: UNA OFER TA DE ESA NATURALEZA no se hace todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie mas. Distraído, dejas que la ceniza del cigarro caiga dentro de la taza de te que has estado bebiendo en este cafetín sucio y barato. tu releerás. Se solicita historiador joven. Ordenado. Escrupuloso. Conocedor de la lengua francesa. Conocimiento perfecto, coloquial. Capaz de desempeñar labores de secretario. Juventud, conocimiento del francés, preferible si ha vivido en Francia algún tiempo. Tres mil pesos mensuales, comida y recamara cómoda, asoleada, apropiada estudio. Solo falta tu nombre. Solo falta que las letras mas negras y llamativas del aviso informen: Felipe Montero. Se solicita Felipe Montero, antiguo becario en la Sorbona, historiador cargado de datos inútiles, acostumbrado a exhumar papeles amarillentos, profesor auxiliar en escuelas particulares, novecientos pesos mensuales. Pero si leyeras eso, sospecharías, lo tomarías a broma. Donceles 815. Acuda en persona. No hay teléfono.






La guerra del fin del mundo, por Mario Vargas Llosa

El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil. Su piel era oscura, sus huesos prominentes y sus ojos ardían con fuego perpetuo. Calzaba sandalias de pastor y la túnica morada que le caía sobre el cuerpo recordaba el hábito de esos misioneros que, de cuando en cuando, visitaban los pueblos del sertón bautizando muchedumbres de niños y casando a las parejas amancebadas. Era imposible saber su edad, su procedencia, su historia, pero algo había en su facha tranquila, en sus costumbres frugales, en su imperturbable seriedad que, aun antes de que diera consejos, atraía a las gentes.











El amor en los tiempos del cólera, por Gabriel García Márquez


Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro.









El jardín de senderos que se bifurcan, por Jorge Luis Borges

En la página 242 de la Historia de la Guerrra Europea de Lidell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Monta uban había sido planeada para el 24 de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día 29. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Lidell Hart) provocaron esa demora —nada significativa, por cierto. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.










El final del romance, por Graham Greene
Una historia no tiene comienzo ni fin: arbitrariamente uno elige el momento de la experiencia desde el cual mira hacia atrás o hacia adelante. Digo "uno elige" con el orgullo inexacto del escritor profesional que —cuando ha alcanzado alguna notoriedad digna de tenerse en cuenta— fue elogiado por su destreza técnica; pero, en realidad, ¿elijo yo por mi propio arbitrio aquella oscura y húmeda noche de enero de 1946, en el prado comunal, la figura de Henry Miles, sesgada a través del ancho río de lluvia, o son estas imágenes las que me eligen a mí? Conviene sin duda, según las reglas del oficio, comenzar justo en este momento, pero de haber creído entonces en algún Dios, podría haber también creído en una mano tomándome bruscamente del codo y en una voz sugiriéndome: "Háblale; no te ha visto".







Salem´s Lot, por Stephen King

Casi todo el mundo creía que el hombre y el chico eran padre e hijo.
Atravesaron la comarca dirigiéndose sin seguir una dirección muy precisa hacia el sudeste. Viajaban en un viejo Citroen de dos puertas y tomaban preferentemente las carreteras secundarias, que recorrían
en tramos irregulares. Por el camino se detuvieron en tres lugares antes de llegar a su destino: primero en Rhode Island, donde el hombre alto de cabello negro se puso a trabajar en una fábrica textil; después en Youngstown, Ohio, donde trabajó durante tres meses en una línea de montaje de tractores y finalmente en un pueblecito californiano próximo a la frontera con México, donde trabajó como empleado de una gasolinera, además de realizar reparaciones en pequeños coches europeos, con un éxito que a él mismo le resultó tan sorprendente como reconfortante.








El corazón delator, por Edgar Allan Poe

¡Es verdad! Soy nervioso, terriblemente nervioso. Siempre lo he sido y lo soy. pero, ¿podría decirse que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, no los había destruido ni apagado. Sobre todo, tenía el sentido del oído agudo. Oía todo sobre el cielo y la tierra. Oía muchas cosas del infierno. Entonces,
¿cómo voy a estar loco? Escuchen y observen con qué tranquilidad, con qué cordura puedo contarles toda la historia











Lolita, por Vladimir Nabokov

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-lita: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.











El club Dumas, por Arturo Pérez-Reverte


El fogonazo de luz proyectó la silueta del ahorcado en la pared. Colgaba inmóvil de una lámpara en el centro del salón, y a medida que el fotógrafo se movía a su alrededor, accionando la cámara, la sombra provocada por el flash se recortaba sucesivamente sobre cuadros, vitrinas con porcelanas, estanterías con libros, cortinas abiertas sobre grandes ventanales tras los que caía la lluvia











Rayuela, por Julio Cortázar
¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.









Corazón tan blanco, Javier Marías


No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados.








Y la lista podría extenderse, pero, para no herir  susceptibilidades, prefiero cerrar con  un soneto (mi  favorito) de don Francisco de Quevedo:

DESDE LA TORRE
 SONETO
Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.
Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran don Iosef!, docta la emprenta.
En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
                                                                                            que en la lección y estudios nos mejora.







jueves, 31 de enero de 2013


Californication

(Hank Moody  hates us  all)


La escena no podía ser más provocativa: fade in con los coros celestiales de You can´t always get what You want  de fondo,  un  Porsche negro descapotable  entrando en la avenida principal de la iglesia. Un hombre se baja y apenas entra, arroja su cigarro en la pila de agua bendita.  Al llegar al  altar se tutea con el Cristo del centro como si fueran grandes amigos. A la mitad del prolegómeno aparece una monja que le ofrece al hombre una ayuda; éste le dice su problema: es escritor y está bloqueado. La monja  duda si algún padrenuestro u otras tantas avemarías servirán;  entonces le ofrece una desinteresada mamada ahí, a la mitad del altar.  El hombre duda  primero, pero cuando la monja se quita el tocado de la cabeza y aparece una despampanante rubia, queda más que convencido. La monja baja a darle ayuda ofrecida y el hombre, Hank Moody, sabiendo que se irá al infierno sólo levanta la mano para, desde donde lo vemos, taparle el rostro  al Cristo que permanece impávido mientras la felación continúa.

Éstos son los primeros 2:49 minutos de Californication, serie que nos presenta a Hank  Moody, escritor en paro, adicto al  sexo y  un poco más que un simple bebedor social; trasunto de otro Hank, no tan adicto a las mujeres como alcohol, también  escritor y cuya obra es de culto: Charles Bukowski. Pero este otro Hank realmente está bloqueado. El éxito lo alcanzó apenas unos años atrás, cuando Hollywood se fijó en su novela más famosa (God hates us  all) para convertirlo en una vomitiva comedia  romántica.  Además, Karen,  su musa  y madre Becca, la hija de ambos,  lo ha dejado y está por casarse con otro hombre (uno que sí le propuso matrimonio).  
Este es el hilo argumental de la primera temporada de la serie escrita por Tom Kapinos (coproductor de Dawson´s Creek) y que, desde ese primer capítulo, despertó muchísimas críticas1.


Este  continuo perder-ganar-perder a Karen es el leiv motiv de la serie, sumándole, por supuesto, la pléyade de hermosas mujeres con las que Hank se relaciona.  Y cualquiera diría que esto no da para mucho, pero no es  el caso de  Californication: seis temporadas que han dado los mejores desnudos de la televisión, escenas de sexo  explícitas, tríos y situaciones hilarantes, agudos diálogos  no  aptos para adolescentes  ni para personas de breve y acartonado criterio.


California bloquea a Hank, pero al mismo tiempo le  da la mejor historia de su vida: un caso de pederastia y plagio en la primera temporada que hace sonoros ecos en la segunda,  reaparece como forzado y alrevesado  Deux ex machina  en la tercera, y, finalmente, se resuelve  en la cuarta.  Y Hank, como otros grandes autores2, no puede dejar California atrás. Al inicio de la quinta temporada lo vemos de nuevo como un autor consagrado, en su amada Nueva York, rompiendo con la novia en turno que en pleno restaurante  lo acusa de sodomía, y sin otra que aceptar de mala gana una propuesta de trabajo allá, en California; donde tendrá que quedarse una larga temporada  pues su ahora ex  sodomizada novia le incendia el departamento.

Moody no está solo, y éste es uno de los secretos del éxito de la serie. El segundo a bordo (y que bien pudo haber tenido su propia serie) es Charlie Runkle, el agente literario de Hank: amoral, eyaculador precoz, puñetero compulsivo,  exhibicionista, pero eso sí, gran amigo.  La relación entre autor y editor es del estilo de antaño, cuando el segundo era confesor, compañero de briagas y putas, celestino, encubridor, pues,  de todos los vicios del primero. Charlie también tiene su cuota de mujeres que van desde su secretaria bondage, una inocente actriz de porno barato a una intimidante jefa  que no deja de toquetearlo cada que puede; pero su verdadero amor es Marcy, su esposa al inicio y  corrosiva ex mujer después. Marcy es una chaparrita explosiva, grosera, cocainómana,  cuyo mayor atractivo es ese toque preciso de deliciosa vulgaridad que aplica tanto en su vida privada como profesional (tiene un centro de depilación para estrellas de Hollywood).  

Becca, es el punto de balance: el constante estira y afloja de sus padres la hace madurar rápidamente, y es ella quien tiene que poner en su lugar a Karen y a Hank cuando ellos no parecen encontrarlo. No obstante, víctima del paso de la niñez a la adolescencia, la veremos volverse  un dolor de cabeza muy similar al que sus padres fueron  para ella. 

Karen es la mujer, la amante, la amiga y quizás por este último epíteto  es que soporta todos los desvaríos del escritor.  Karen, junto con Becca, es quien más sufre por el ir y venir de  la relación con Hank, y si bien ha intentado reiniciar su vida otras tantas veces (al punto de dejar plantado al novio  después del “sí, acepto”), es la inercia de ese amor el que siempre la lleva a estar cerca de él.

Californication no debe su título al azar, viene de una canción de los Red Hot Chili Peppers; pero no es lo único:  los nombres de varios capítulos tienen su origen en canciones: In utero, de Nirvana (capítulo 10 de la segunda temporada), Wish you where here, de Pink Floyd (capítulo 1 de la segunda temporada),  Exile on Main St., de los Rolling Stones (Capítulo 1 de la cuarta temporada). De la misma manera, la serie está repleta de referencias a grandes músicos y bandas: Guns n´ roses, Warren Zevon, Oasis, Slayer, WhiteSnake, Jon Bon Jovi, Motley Cure, Rick Springfield (quien aparece en la tercera temporada representándose a sí mismo), Oasis, Led Zeppelin, Queen, y, próximamente, Marilyn Manson. 

Como toda serie de larga vida, Californication ha tenido altas y bajas.  De entre las mejores está la segunda, donde aparece ese maravilloso personaje secundario que es Lew Ashby, quien traba una verdadera amistad con Hank tras una confusión de clítoris en una fiesta. En el lado opuesto, la tercera si bien es  divertida (el episodio 8, The apartment, es de lo  mejor), también es floja y el puente de los dos últimos capítulos se siente demasiado impuesto. La cuarta3 logra levantarse y en la quinta, aunque con momentos, vuelve a bajar un poco. La sexta está por estrenarse en América Latina y veremos si la combinación Hank-Karen-mujeres-alcohol, sexo drogas y rock n´ roll, da  vida para un poco más.

Mientras, no queda más que desear que Hank Moody siga odiando, bebiendo, luchando por su familia, acostándose con cuanta mujer se le cruce, escribiendo…En fin, viviendo.




ANOTACIONES:

1.       Una organización cristiana en Australia envió quejas al por mayor, logrando que la televisora que transmitía la serie perdiera un dineral por los contratos de publicidad cancelados.

2.       Sólo por nombrar a algunos que hicieron suya a la California noir y decadente: Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Ross Macdonald, Michael Connelly, James Ellroy, John Fante y, last but not least, el ya mencionado Charles Bukowski.

3.       El final de esta temporada apuntaba para ser el final de la serie: un Hank Moody absuelto de los cargos de corrupción de menores recorre los foros de la película que abordará esa etapa de su vida (es decir, de la primera a esa cuarta temporada). La escenografía de su casa  es la de su casa,  las actrices que representarán a Karen y Becca le recuerdan a Karen y Becca. Y al final lo vemos manejar a toda velocidad, largándose por fin de California,  dejando atrás todo lo que ahora es historia. Ficción dentro de la ficción.


sábado, 26 de enero de 2013

Richie Sambora: Aftermath of the Lowdown


                                                                     
                                                      


A finales de los años ochenta,  cuando finalmente el glam rock  comenzaba su declive y grandes monstruos como Metalica y Guns n´ roses  agitaban multitudes sin tener que disfrazarse de prostitutas ebrias después de una larga noche de trabajo, muchas otras bandas comenzaron a tocar fondo. El paso a los noventa fue el filtro para saber  quiénes estuvieron ahí por  mera moda y quiénes no.

En esos años,  Bon Jovi se enfrentaría a  su primer y único rompimiento.  El motivo de la separación entre Jon Bon Jovi y Richie Sambora (front man y lead guitar de una banda que la mayoría, oblicuamente, relaciona con un solo cantante) fue  poco publicitado. Al final del día,  que una banda de rock  se separe tras alcanzar el éxito es un lugar común.

Jon Bon Jovi la tuvo fácil: no solo era la imagen de la banda, la banda tenía su apellido artístico (Bongiovi es el original), resultaba atractivo para millones de mujeres y las canciones con él sólo sonaban exactamente igual. El Young guns II/Blaze of glory resultó ser todo un éxito1  mientras que Stranger in this town  de Sambora, aunque bien en críticas, no tuvo el mismo éxito de público.

Sambora buscaba por entonces el sonido que le diera una personalidad mucho más allá de ser el guitarra de una banda exitosa, pero que todo mundo ubicaba por el vocalista.  Casi lo logró. Stranger in this town ha envejecido bien, y aunque hay ciertas influencias de su banda madre no cabe duda que es un buen comienzo para un artista completo.


Ya entrados en los noventa Bon Jovi se reunió de nuevo.  Keep the faith  fue su rompimiento con la década pasada, perdió muchos seguidores (los jóvenes de rebeldes cabelleras ochenteras terminaron siendo  los oficinistas calvos de los noventa), pero gano muchísimos más.  Tras Keep the faith y These days2, Bon Jovi volvió a separarse, pero sin rompimiento.

Richie, como los demás3,  entró solo al estudio y presentó Undiscovered Soul. Esta vez la acogida fue un poco más cálida, las ventas mejoraron y los críticos comenzaron a hablar de Richie Sambora no como el guitarrista de Jon Bon Jovi, sino como pieza clave de Bon Jovi; de la misma manera en que Joe Perry lo es para Aerosmith o Keith Richards para los Rolling Stones.


Luego de catorce años, después de  monumentales  giras, discos de Bon Jovi buenos y malos4, Sambora vuelve en solitario con Aftermath of the Lowdown, su tercer álbum y en el que, por fin, encuentra el sonido propio tan anhelado, y en el cual se  muestra algo que muchos seguidores sospechaban: el desempeño de Richie como miembro de la banda se ve acotado por los lineamientos de Jon Bon Jovi, quien, a final de cuentas, es el patrón.


En Aftermath of the Lowdown, Richie Sambora da rienda a suelta a su talento. Hay piezas como Burn the candle down que al escucharse por primera vez, uno se pregunta ¿por qué no haces esto más seguido? Se nota que no hay limitantes, se nota una estructura diferente y fresca. Los rifs y los solos de guitarra forman parte de la canción como una unidad, no son complementos o puentes obligatorios entre un estribillo y el final de la misma5.

Incluso un corte como Nowadays podría pasar como un tema típico  de Bon Jovi, pero se nota el espíritu de Sambora porque la canción vaya a  más de ser “pegajosa”.  Lo mismo aplica para el primer sencillo, Every road leads home to you, que bien pudo pasar como una balada destinada a las listas, pero en cuya manufactura se nota más la presencia del artista que la del rockstar.


La distorsión de guitarras es  algo caracteriza el sonido de este trabajo, y para muestra Sugar Dady, o la que quizás sea la joya de la corona: Learning how to fly (with a broken wing), el más poderoso tema del álbum. 

En contraposición de estos temas enérgicos, están los suaves, que no por suaves pierden: World, reflexiva y breve;  YouCan Only Get So High, al estilo del Undiscovered soul.


Quizás lo que ayudó a este proceso de maduración fueron las largas y oscuras horas de Sambora en los últimos años, rematando con la muerte de su padre. Todo esto se refleja en Seven years gone, un tema que resume lo vivido en ese lapso de tiempo en el que parecía no encontrar el norte. Weathering The Storm habla del camino a través de esa tormenta.


Aftermath of the lowdown es el álbum que muchos esperábamos, y más. Debido a los últimos trabajos de su banda origen, de la que no reniega, muchos esperaban algo en la misma línea, pero Richie Sambora demuestra con creces que es un artista por mérito propio, no sólo el lead guitar  de una gran banda.

Ahora sólo queda esperar, no sin cierto recelo, el nuevo álbum de Bon Jovi, anunciado para marzo del 2013 y cuya primer sencillo,  Because we can,  ya suena en las radios.

Muchos auguran desde ya que no estará a la altura de este Aftermath of the lowdown.



NOTAS.

1. Globo de Oro a la mejor canción de una película (Young Guns II), nominación al Óscar en la misma categoría.

2. Para muchos el mejor álbum de Bon Jovi hasta la fecha; si no es así, sí el más oscuro y pesimista, el más trabajado en cuanto a arreglos y letras, con joyas como Diamond ring,  Hearts Breaking Even, o My Guitar Lies Bleeding in My Arms

  3. David Bryan grabó On a full moon, un álbum instrumental con una versión propia de In these arms. Jon Bon Jovi, lejos, muy lejos del éxito y la calidad del Young Guns II,   publicó Destination anywhere;  soundtrack de la película homónima en la que él mismo fue actor

  4.These lefts feels right, especie de grandes éxitos con un giro “nuevo”, completamente olvidable;  Bounce: continuación del Crush, que comienza bien, pero se cae después del tercer track; Lost Highway: experimento country que no salió tan mal como muchos esperaban; Have a nice day: reivindicación de la banda, un tono más hard  de los anteriores, muy cercano al These days; The Circle: una  suerte de impase en que las cosas ni subieron ni bajaron, aunque cabe destacar Work for the working man, cuya base es muy similar a Livin´on a Prayer, pero en la que, aunque sin haber un solo de guitarra,  Richie se luce, o Bullet, de muchos riffs, y en el mismo tono amargo de Hey God.

5. En canciones como  Love is the only rule  o What do you got? se percibe o el corte de la guitarra en la edición final, o, en todo caso, o la incorporación del mismo porque  había que alargarla un poquito más. 

sábado, 8 de diciembre de 2012


Stephen King: 22/11/64
(El pasado armoniza)



Fue El ciclo del hombre lobo mi primer  libro de Stephen King. Lo encontré en el  Sanborns del centro de Puebla. Era 1990. Siempre he sido adicto a las figuras clásicas del cine de terror (Drácula, Frankenstein, el doctor Jekyll & Míster Hyde), y el hombre lobo me era tan atractiva como cualquiera. Además,  el libro tenía la particularidad de venderse en la portada como “la mejor novela de terror desde Edgar Allan Poe”, llamando todavía más mi atención.  Le pedí a mi mamá me comprara el libro y ella, tras una mueca  y varios intentos por disuadirme a elegir otro, lo compró.






Recuerdo que la novela me gustó, mas no satisfizó mis expectativas. Lo arrumbé por ahí y, sin saber bien  cómo, ha pasado por todos mis libreros, desde la adolescencia hasta ahora. Después, y esto tampoco  lo tengo muy claro, mi abuelo me compró (mueca reprobatoria de mi mamá incluida) dos libros más de King: Maleficio y La hora del vampiro;  ambos en ediciones de EMECÉ que aún conservo. Dada mi fascinación a la imagen del vampiro,  me clavé de inmediato en la segunda.  Aún tengo la noción de lentitud al inicio, como si la novela no quisiera arrancar nunca; pero después, una vez extraviados los chicos Glick, todo se vuelve un alud. En la contraportada de esa edición, con la foto de un King entre misterioso y siniestro que no muestra su rostro completo, hablaba de terror hipnótico, y hoy, a más de veinte años de leída por primera vez, creo que no hay mejor definición para esa novela.


A partir de ahí me volví un Lector Constante del ya bien denominado maestro del terror.  Devoré todo el King de los ochentas, los puntos más altos fue  Cementerio de animales y Misery.  Hubo relatos como El piloto nocturno que me hicieron estremecer,  finales pasmosos como el de Ventana secreta, jardín secreto,   proezas que hoy me parecen imposibles: leer Apocalipsis  e IT en menos de un mes.  Mis puntos más bajos, sin embargo, fueron algunos libros  del King de los noventas: Posesión, La tormenta del siglo, Corazones en la Atlántida, Insomnia, El retrato de Rose Madder entre otras1,  siendo, de esta misma etapa y de toda su obra, Un saco de huesos una de mis grandes consentidas.  Después vinieron otros libros que hicieron que mi entusiasmo por King descendiera unos cuantos grados (sin que jamás llegara  a apagarse): El cazador de sueños2, Buick 8, y Cell no lograron que saliera disparado a la librería, o que no atosigara a los libreros cada dos días preguntando en cuánto tiempo lo tendrían3

Pero siempre hay un pero, afortunado en este caso.  A partir de  La historia de Lisey, Stephen King comenzó a vivir una etapa en la que sus críticos hicieron lo que los Lectores Constantes siempre hicimos: reconocerlo como el gran escritor que es.  Seguramente, hoy todavía  Harold Bloom se atraganta  por  el National Book Award por  trayectoria y contribución a las letras estadounidenses, entregado a King en 2002;  reconocimiento dado a otros escritores de la talla de (ejem, ejem): William Faulkner, Saul Below, John Cheever, Philip Roth, Thomas Pynchon, John Updike, Jonathan Franzen, E. Annie Proulx, entre tantos otros.

A La historia de Lisey siguieron Duma Key, Después del anochecer, La cúpula, Todo oscuro, sin estrellas, libros que volvieron a remitirme a esas largas noches de media jarra de café en las que, literalmente, no podía dejar de leer hasta que la madrugada amenazaba con volverse amanecer.  Y entre estas espléndidas novelas y colecciones de relatos está la que posiblemente sea, hasta ahora, ojalá y lo mejor esté por venir,  la mejor del King del nuevo siglo: 22/11/63.

Y he aquí una advertencia: quién diga que 22/11/63  es una novela sólo de “viajes en el tiempo” deberá ser considerado El Rey de la Valoración Simplista. Porque desde el momento en que Jack Epping y Al Templeton discuten de lo que pudo haber sido de la historia  si Kennedy no hubiera muerto en Dallas (de la posibilidad de salvarlo), en ese momento la novela toma un cariz social. Pero vamos, King podrá ser muchas  cosas menos un escritor limitado a un solo tema.

La historia comienza con Jack Epping, profesor universitario con problemas maritales quien lee asombrado el ensayo de Harry Dunning, uno de sus alumnos de clases para adultos. El escrito versa sobre la noche en que el padre de  Harry asesina a casi toda la familia. El relato es tan sobrecogedor que Jack pasa de largo las faltas ortográficas y se pregunta qué habría sido de ese hombre de quien todos se burlan si aquella terrible noche nunca hubiera ocurrido. La posible respuesta viene de Al Templeton, dueño del restaurante que más desconfianza genera en los lugareños. En la cocina de Al hay un “agujero de conejo”, una escalera invisible que lleva a 1959, siempre a la misma hora y siempre a 1959.

Al Templeton está en las últimas. Un cáncer de pulmón se come violentamente su vida y la posibilidad de llevar a cabo un plan que habría de cambiar el rumbo de los Estados Unidos y, por ende, del mundo entero: salvar a John Fitzgerald Kennedy.  Jack, sólo por comprobar que aquello no es una locura, hace una prueba y “desciende” a 1959. Pasada la sorpresa, Jack lleva a cabo su primera misión: darle a Harry una vida distinta, salvando a su familia.

Pero las cosas no son tan fáciles (nada en la obra de King lo es, por mucho que sus viejos críticos se esmeren en presuponer), porque el pasado es una entidad viva, y como tal no se la pone fácil al intruso: diarreas, vómitos, vértigos, llantas ponchadas, golpizas, todo tipo de obstáculos se anteponen a Jack antes de lograr su cometido. Al regresar al presente, Jack descubre que ha cambiado la historia de su alumno… Y esta historia no es como la pensó. Una vez que la mariposa ha movido sus alas, los efectos al otro lado del mundo pueden ser desastrosos.

 A pesar de esto, Jack tiene la oportunidad de rehacer todo, pues el agujero de conejo siempre lleva a la misma fecha y hora, deshaciendo en automático lo hecho en el primer descenso. Al regresar, ya con la firme idea de salvar a Kennedy, Epping rehace su plan de manera mucho más efectiva para que, una vez salvada la familia de su alumno, pueda encaminarse hacia Dallas. Tiene cuatro años para establecer sus pasos en torno a Lee Harvey Oswald.

Como en ninguna de sus obras anteriores, King se documentó hasta el hartazgo para esta novela.  Los detalles de la vida de Oswald van dándole una dimensión oscura al personaje.  Para la ambientación no hubo necesidad de investigar, esa Norteamérica de finales de los cincuentas es la Norteamérica de King; él la vivió intensamente, la observó, la analizó. Para el escritor debió ser realmente un placentero viaje al pasado.

Jack Epping, convertido en George Amberson, tendrá también se segunda oportunidad para el amor con Sadie Underhill,  guapa profesora que viene huyendo  de sus propios demonios. Sadie será el motivo por el cual Jack decida dejar de ser Jack para siempre y quedarse en esa época, pero las cosas nunca salen como se planean (menos en una novela de Stephen King), y ya sea por efecto del destino o del pasado empeñado en detener a Jack/George, los demonios de Sadie se encararán de manera cruel contra la pareja.   



La tesis de King es la del asesino solitario, muy a pesar de la opinión de su esposa Thabita, quien, como muchos, está de lado de la conspiración4. Es Oswald quien concentra toda esa oscuridad capaz de hacerlo jalar el gatillo. Pero si Oswald es en la novela un personaje odioso, también lo son las localidades: Derry es una ciudad en perpetuo estado de putrefacción,  donde se concentran no sólo aquellas tinieblas conocidas por los Lectores Constantes, sino también las típicas actitudes yanquis, cerradas y cuadradas,  que tanto han dado fama al pueblo estadounidense.  

Sin embargo, es Dallas quien se lleva el premio. King, todo un demócrata5, no duda en mostrar su desagrado por una ciudad netamente republicana, ni en la ficción ni en la nota final del libro. Se siente el ambiente pesado, y cuando uno sale de ahí en compañía de Jack/George, da gracias y desearía no volver a regresar, pero sabe (sabemos) que se debe regresar hasta completar la misión. Quizás una teoría involuntaria de la novela es que sólo en un lugar tan umbrío pudo haber pasado un suceso como el asesinato de un presidente a quien la mayoría de cowboys  de la época despreciaban; <<el irlandés ese>>, le llamaban.

Para todos los  Lectores Constantes, 22/11/63 tiene  algunos guiños que arrancan sonrisas: el Plymouth Fury rojo en el estacionamiento cercano a la salida del hoyo de conejo. Dan ganas de decirle a Jack que lo golpee y espere  a ver cómo se regenera, pero que tenga cuidado de no enamorarse. O volver a  ver a Richie Tozier y Beverly Marsh para corroborar lo que siempre se sospechó: la oscuridad en Derry nunca sucumbió por completo ante los  embates de El club de los perdedores; y ellos lo sabían desde antes de irse del pueblo maldito.

Hacia el final de la novela, y sin develar nada de la trama, Jack aprende que hay ciertas fuerzas con las que no puede meterse sin generar un cambio brutal; que, nunca antes nunca mejor dicho, “por algo ocurren las cosas” y que así como ocurrieron se deben quedar. 

Leída y gozada la novela, llevado no sólo al pasado de Estados Unidos sino al mío propio, cuando se rogaba porque la noche rindiese para terminar un capítulo más o para llegar al final, sólo queda, como en ese pasado, esperar con ansia el próximo libro de Stephen King.  



NOTAS


1.- Debo ser de los pocos lectores de King que, hasta la fecha, no logran emocionarse con la saga de La torre oscura.

2.-Lo único peor que el libro es la película, y viceversa.  

3.-Sufría yo y sufrían los libreros: las novelas de  King aparecían primero en España y su periplo para llegar a América Latina, teniendo a Argentina como primera parada, podría durar hasta meses; mismos en los que  atosigaba a todos los libreros: “Disculpe, ¿todavía no tendrás el nuevo de Stephen King?”. Por suerte las cosas han cambiado, apenas un poco, pero ya cambiaron.

4.-Yo mismo soy partidario de la conspiración así que: go, Tabby, go!

5.-Una imagen para la posteridad: marcha en contra de la guerra en Irak, mucha gente, y entre ellas Stephen King vestido con una playera blanca con la imagen en negro de George Bush II, y la leyenda junto a éste: International Terrorist (Terrorista Internacional).