sábado, 11 de agosto de 2012


Paliativo
(Al pueblo pan y circo)

−Aparecieron más muertos por el narcotráfico.
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−El conflicto electoral todavía no se soluciona.
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Ya viene otro gasolinazo.
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Siguen los problemas con tu esposa
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Tu sueldo no te alcanza para maldita la cosa
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Tus jefes buscan la manera de correrte
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Las deudas te están comiendo
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Los políticos siguen vejando al país
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−El nuevo gobierno comenzó ya con actos de censura a la libertad de expresión.
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Lydia Cacho tiene que irse del país por amenazas y el gobierno no hace nada.
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−La trata de personas  sigue creciendo en el país.
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Mujeres asesinadas, violadas, secuestradas.
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!


Y así…

domingo, 5 de agosto de 2012


Por el Bulevar de los sueños rotos
(Joaquín Sabina)

En el bulevar de los sueños rotos
vive una dama de poncho rojo,
pelo de plata y carne morena.                                       Chavela Vargas (1919 -2012)

Mestiza ardiente de lengua libre,
gata valiente de piel de tigre
con voz de rayo de luna llena.

Por el bulevar de los sueños rotos

pasan de largo los terremotos
y hay un tequila por cada duda.
Cuando Agustín se sienta al piano
Diego Rivera, lápiz en mano,
dibuja a Frida Kahlo desnuda.

Se escapó de cárcel de amor,

de un delirio de alcohol,
de mil noches en vela.
Se dejó el corazón en Madrid
¡quien supiera reír
como llora Chavela!

Por el bulevar de los sueños rotos

desconsolados van los devotos
de San Antonio pidiendo besos
Ponme la mano aquí Macorina
rezan tus fieles por las cantinas,
Paloma Negra de los excesos.

Por el bulevar de los sueños rotos

moja una lágrima antiguas fotos
y una canción se burla del miedo.
Las amarguras no son amargas
cuando las canta Chavela Vargas
y las escribe un tal José Alfredo.

Las amarguras no son amargas
cuando las canta Chavela Vargas
y las escribe un tal José Alfredo.
Por el boulevar de los sueños rotos…


martes, 31 de julio de 2012


The Dark Knight Rises.
De la luz a las sombras y, finalmente, a la luz.



Después de The Dark Knight, la expectativa por lo que sería la última parte de la trilogía del llamado Batman “realista” se disparó. Y no era para menos. The Dark knight no sólo es el punto más alto del arco argumental escrito y dirigido por Christopher Nolan: vista de manera independiente, es una de las más grandes películas de la historia del cine; no solo por el magistral villano (un Joker capaz de decirle “why so serious?” a Hannibal Lecter) sino por la obra en su conjunto: producción impecable, actuaciones inmejorables,  de ésas que hacen que se olviden los nombres reales de los actores1, un guión que amarra y aprieta justo donde debe, y el tratamiento del Mal (recordar las palabras de Alfred cuando le explica las razones del Joker) como complemento del Bien; y de  la demencia como generadora de ambos (de nuevo el Joker, divertido y al punto del éxtasis,  diciéndole a Batman: “You complete… me” o sugiriendo que ambos podrían compartir una celda en Arkham).  

Esto no convierte a The dark knight rises en una mala película, todo lo contrario: es el perfecto broche de oro, la conclusión exacta  de la trilogía que deja al caballero oscuro en cuotas altísimas  (logro que vale por cinco, o más,  en un tiempo donde los héroes de DC simple y sencillamente no pueden con los de Marvel2) y a su director como uno de los  más grandes de su generación3



 Al igual que con su antecesora, The Dark Knight Rises comienza con un prólogo donde se nos presenta a Bane, el líder terrorista que se encargará de acabar con los años de paz en Gotham. Y uno puede imaginarse lo que se avecina, pues la sola  presencia del villano irradia violencia, impone: la máscara, el tono de voz, todo anuncia una brutalidad sin límites,  contenida para el momento indicado. 

Han  pasado ocho años después de la muerte de Harvey Dent, y la instauración de una ley  con su apellido  permitió controlar al crimen organizado  y establecer una época dorada en la ciudad. Ya nadie necesita a Batman.  Pero Jim Gordon vive su propio infierno, quiere decir la verdad acerca del ícono caído de Gotham y de su supuesto asesino. Y no puede, la población, decide, no está lista. Bruce Wayne vive encerrado en una de las alas de su mansión, deprimido y lisiado (ser un héroe sin súper poderes pasa una cruel factura); además, está muy cerca de la quiebra por apostar en un proyecto de energía limpia con alto riesgo, y que está por costarle los restos de su empresa.

Y en este tinglado de tramas, que no abruman porque Nolan sabe cómo llevarlas sobre un mismo hilo argumental, aparece una hábil ladrona para cuyo ingenio no hay caja fuerte que se le resista: Selina Kyle, la quinta encarnación de  Gatúbela (estaríamos bien con cuatro, si pudiéramos olvidar la de Halle Berry4), aunque una de las virtudes del guión es que nunca se le llama por ese nombre. Selina será, en buena medida, el denotante de los hechos, y quien lleve a Batman hacia su  mortal enfrentamiento con Bane.



La incoporación de Anne Hathaway al elenco en el papel de Gatúbela generó críticas desde muy al principio.  A muy pocos fans de la trilogía y del personaje no les pareció que  una actriz salida de las filas de la casa Disney  fuera la predecesora de Michelle Pfeiffer.  La mayoría de esas críticas se concentraron en su papel “ligero” en  El diablo viste a la moda, ignorando actuaciones de mayor calibre, como en  La boda de Raquel o Brokeback Mountain.  Pero la actriz neoyorkina tapó bocas e hizo morder lenguas.  Tan sólo en los primeros minutos de aparecer, cuando con un simple movimiento facial cambia su gesto de tímida e inocente empleada por el de mujer fatal, hace pensar en que aquello va a ser distinto, y así es. La Gatúbela de Hathaway  se despega de la Pfeiffer desde el primer momento,  y durante todo el filme  la calidad de la actriz barre con toda duda, adueñándose del personaje.






El resto de las actuaciones no decepciona, quizás es la más humana de Christian Bale  (con toda razón,  pues esta es la película de Bruce Wayne). Tom Hardy, irreconocible de su otra participación con Nolan en El origen, es creíble como ese villano que pone los nervios de punta.  Joseph Gordon Levitt es el punto de balance, el único personaje con la ideología limpia, creyente, tras el derrumbre moral de Jim Gordon. Quizás la única actuación dudosa sea la de Marion Cotillard, aunque esto puede deberse al perfil de su personaje (entrar en más detalles es caer en la polémica zona de los spoilers). Digno de mencionarse es el hecho de que Nolan evita de una manera elegante los momentos sobrados de violencia; ya los ha insinuado y no hay motivo  para mostrarlos de manera gráfica: una toma alejada y un movimiento brusco para imaginar el sonido de un cuello trozándose; otra cerrada en la que sólo vemos el resplandor tras el disparo de un arma de fuego.  Suficiente, y con esa misma elegancia, digamos  inglesa, los últimos minutos de la película están divididos magistralmente entre Alfred, Jim Gordon y John Blake.


Fuera planeada o no, la trilogía de Christopher Nolan nos presenta tres momentos clave del personaje: Batman begins es, efectivamente, el inicio, el hundimiento de Bruce Wayne en las sombras para surgir como Batman. The Dark Knight es la parte más oscura, donde Bruce Wayne está doblegado por Batman, casi no existe y cerca está de desaparecer y, claro, el principio de la decadencia. Dark Knigth Rises es el ascenso a la luz, Bruce Wayne tiene que resurgir como Batman por el bien de Gotham (hay más luz en Begins y Rises que en todo Dark Knight).


El ciclo está cerrado, y aunque Nolan deja el hilo al aire no habrá, al menos de su parte, una película más del  personaje (dudoso que el reparto de las tres participe en un hipotético cuarto capítulo). Y está bien. Desde el Batman de Tim Burton, pasaron 16 años  para que el mito del Caballero Oscuro tuviera una renovación digna. Ahora sólo esperemos que en los próximos años no aparezca un aprendiz de Joel Schumacher.   




1.       Aunque Michael Caine siempre será Miachel Caine, y Gary Oldman siempre será Gary Oldman

2.       Hay que ver sólo las cifras y la aceptación de personajes por separado (Ironman, Hulk, Thor, el capitán América) o todos juntos, en Avengers. Ni la triste Linterna Verde  ni la versión paternal de Superman  han podido con ellos.

3.       Más allá de ésta trilogía, en su haber el director británico tiene una  serie de películas espléndidas que se tienen que ver: Memento, Insomnia, El gran truco, El origen.

4.       Y si a olvidar vamos , podemos hacerlo también con George Clooney como Batman  y Val Kilmer como Batman y Alicia Silverstone como Batichica y  Jim Carrey como el Acertijo… Y sí, por favor, también  olvidémonos del  batiwist.




martes, 10 de julio de 2012



Hey, ustedes que están allá abajo,  vean mi pistolota
 (sólo eso porque mis huevos ni siquiera yo los alcanzo a ver). 


A primera vista la imagen podría ser el afiche de cualquier película de acción: héroe con playera blanca entallada, peinado a la moda y lentes oscuros, cortando cartucho, listo a disparar mientras la damisela, detrás de él, ríe.  ¿Está riendo? ¿Pero de qué se ríe, que no se trata de una cinta de acción con tiros y persecución y toda la parafernalia?  No, nada más alejado de la ficción y tan absurdamente cerca de nuestra realidad.

La imagen  corresponde a un joven priista de Xalapa, Veracruz, cuyo nombre ni siquiera vale la pena anotar, listo para apuntar con su arma (portada sin permiso) a un grupo de manifestantes  (anti - Peña Nieto)que marchaba por una de las avenidas principales de la ciudad. Si uno vuelve a mirar la imagen, sabiendo lo que ahora se sabe,  se vienen encima un raudal de preguntas: ¿está loco?,  ¿disparó?, ¿hay heridos?... ¿por qué la risa estúpida de la estúpida damisela, en dónde coños le encuentra lo divertido, la muy estúpida?

Lo realmente divertido debió ser la manera en que el joven  se fue a esconder al baño del restaurante (a lo mejor piensa  hacer carrera política), o quizá cuando lo sacaron por la fuerza y hasta los pantalones perdió en la trifulca. Claro, lo que no será divertido cuando, tras módica fianza, el junior  (¡oh detalle!) sea liberado. 

Esa imagen, como muchas otras, refleja la degradación de una sociedad donde da lo mismo ser  un petimetre al cual papi le permite usar un arma y amenazar a un grupo de personas (aquí no importa ni el partido ni el candidato ni el resultado de la elección) que no piensan como él o un sicario acatando órdenes. Pero he  aquí unas diferencias: el sayón obedece y no se escuda a metros de distancia para hacer su amenaza, y claro, tampoco amenaza,  ejecuta y sabe que en una de tantas puede terminar con una bala entre los ojos; el junior en cuestión no sólo está envalentonado por el arma, el alcohol  y la distancia entre él y los manifestantes, también sabe que por ser quién es saldrá bien librado de su numerito. 



Aquí la nota en el diario Sin embargo:

miércoles, 30 de mayo de 2012


¡Aplausos!

Todos voltearon a verlo y la idea, para qué negarlo,  hizo eco en varias cabezas, casi se pudo escuchar,  pero  por breves segundos nadie  la concretó. Y no tenía por qué ser,  finalmente.  Si sólo es el jefe del changarro.  Pero comenzó: la junta de trabajo, de por sí un acto de zalamería desvergonzado, tenía que venir  con cereza del pastel: un aplauso.

<<¿Aplausos? ¿En serio?>>, pensé.  Are you fucking kiddin´ me, right? Pero no. Tras las primeras palmas siguieron  otras más. La borregada baló con las manos, fuerte, mientras el recién llegado agradecía con aires de falsa modestia la deferencia.  ¿Le aplauden porque llegó tarde a la junta que él tenía que presidir?, me pregunté y a mi mente regresaron  las muecas de todas las  personas a las que por angas o mangas he hecho esperar en mi vida: mujeres, amigos, familia, entrevistadores de trabajo, profesores en la universidad.  Nunca nadie me aplaudió por llegar tarde.  Una de mis maestras de cálculo ni siquiera levantaba la mirada, sólo movía la cabeza de lado a lado para indicarme que ya no podía entrar a la clase; eso en el mejor de los casos, otras veces, cuando estaba de buenas, hacía girar su dedo índice para luego señalar la salida. Otras tantas me reventaba el sermón  del por qué era una falta de respeto llegar tarde… Y sí: ni te acomodes en tu asiento, salte del salón y mañana regresas con el tema de hoy al dedillo; si no, no entras.

¿Merecía el aplauso? No, claro que no.  Miré a mis lados para fijarme en los ejecutantes: subdirectores para los cuales el difícil arte de lamer patas es un oficio  dominado,  subordinados que querían ser vistos por el jefe de jefes mientras le  aplaudían con bríos y emoción, invitados que debieron pensar que la figura recién entrada en la sala de juntas merecía el aplauso. Y los peores: los que aplaudieron porque los demás aplaudían.

¿Qué merece ser aplaudido?  El  Kind of blue,  de Miles Davis; un solo de guitarra de Hendrix o de Clapton;  la sinfonía 29 de Mozart;  Los amorosos, de Jaime Sabines; Casablanca o El ciudadano Kane. ¿Quién merece ser aplaudido?  Nelson Mandela, José Saramago, Yoani Sánchez,  Claus von Stauffenberg y todos los participantes en la Operación Valquiria, y un larguísimo etcétera.

Aplausos pues, pero no a cualquiera sino a quien  lo merezca. 

martes, 22 de mayo de 2012




Cristiada: La historia de México que te quisieron contar.



Alguna vez, en uno de sus polémicos comentarios, Joaquín Sabina declaró que debería existir la pena de muerte para  aquellos grupos españoles que cantan en inglés. Claro que esto no es más que un exabrupto del genio de Úbeda, una manera exagerada para expresar su inconformidad por aquellos cantantes hispanos que, estando en todos su derecho, usan un idioma extranjero para expresarse. Y es que se puede o no estar de acuerdo cuando se usa  el idioma global para tratar temas locales; lo que no se puede negar es que es rara la sensación de escuchar en inglés algo que, supuestamente,  debería estar en español.


Esto ocurre muy al incio con Cristiada, película del 2012 dirigida por Dean Wright que aborda el tema de la guerra cristera, ocurrida en México entre 1926 y 1929. La sensación de ver a un acartonado Peter O´Toole (que más bien parece Chabela Vargas con sotana) mezclando  inglés y español es  la misma  cuando se escucha a la Frida de Salma Hayek diciéndole a Diego Rivera: “eat your mole, panzón”: algo no cuadra, está fuera de lugar. Pero el terrible espanglish de los personajes de Cristiada es el menor de sus males. 



Promocionada como “la historia de México que  te quisieron ocultar”, la cinta (la de mayor presupuesto hasta la fecha en la historia del cine nacional) nos despliega a un México convulsionado por la Ley Calles: federales prohíben las celebraciones religiosas y el grupo que más adelante sería conocido como los cristeros se organizan para boicotear la orden de uno de los presidentes más autoritarios de la historia de México.  El campo histórico es fértil; Graham Greene lo sabía. Sin embargo, Michael Love prefirió escribir un producto de fácil consumo nacional (en inglés, of course), una telenovela  de más de dos horas y media, complaciente y sin riesgos que convierte personajes históricos en clichés. 


Andy García interpreta al general retirado    Enrique Gorostieta Velarde     que tras un sutancioso contrato (sustancioso para esos días, actualmente se pueden contratar sicarios por menos) decide dirigir a las hordas cristeras.  Se nos presenta como un estratega único,   cuyas brillantes referencias son haber vencido a Zapata (¿habrá sido el primero o el último en dispararle en Chinameca?) y la otra,   oscura para ser incluida en un currículum de cualquiera,  pelear al lado del nefando Victoriano Huerta. El personaje de Wright y Love es una mezcla entre Pancho Villa, George Patton y cualquiera de los hermanos Almada: nunca se quita los guantes, ni se despeina ni le crece el bigote;  tan pulcro que vuelve al “Rubio” de Clint Eastwood, además de  bandolero, un pordiosero sucio y maloliente.  


Porque la interpretación de García es eso: un vaquero del viejo oeste de finos modales impostado en el México post revolucionario. Escucharlo hablar de libertad hace pensar más en un producto made in USA que en el derecho natural de cualquier hombre o mujer a profesar la creencia religiosa que le venga en gana (será por los tiempos o por la calidad en la interpretación, pero esto no pasa hacia el final de Breaveheart, con el grito agónico del William Wallace interpretado por Mel Gibson). Eva Longoria, por otro lado, la esposa deseseprada del general    Gorostieta, tiene más presencia en el cartel promocional que en la película en sí. Y  su actuación de mujer  abnegada y sumisa es casi tan buena como las pocas palabras que suelta en español. 


El resto del casting, el nacional, tiene al menos la particularidad de que su inglés es más aceptable que el español de la pareja protagonista, aunque no por esto  deja de dar risa la dramática actuación de Karyme Lozano a la hora de la muerte de su hijo. O el descafeinado Plutarco Elías Calles, interpretado por Rubén Blades, quien más parece un político de quinta por sus intrigas de cuarta  que un militar emanado de la revolución, enérgico y prepotente. 


Y hacia el final, el principal mal de Cristiada  es ser una obra maniquea de cabo a rabo. Director y guionista se conformaron con la historia oficial, de blanco y negro, cayendo en el mismo error de los escritores y directores de culebrones nacionales: dejaron fuera los grises de una historia donde, ¿quién se atreve a negarlo?, hasta los santos fueron pecadores y los pecadores llegaron a ser santos.  Los buenos creen en Dios, y es por esto que, incluso,  faltan al quinto mandamiento de la misma fe que les está prohibida.  Los malos no creen en Dios, sino en las órdenes de su presidente.  Los buenos tienen garantizado el cielo porque no importa si queman un tren con inocentes o disparan a mansalva, al fin y al cabo  tienen a Dios de su lado (Torquemada asentiría gustoso esta tesis). Los malos tienen garantizado el infierno no sólo porque matan a los buenos, sino porque son  tan malos como cualquier personaje interpretado por Carlos López Moctezuma. 


Director y guionista debieron basarse, como míninmo, en  El poder y la gloria; no por la historia sino por el desarrollo del personaje y sus conflictos internos, y quizás con esto volver más creíble a un personaje como el cura guerrillero. Como película histórica, Cristiada es un buen chilli  western. Sus tomas de los desiertos mexicanos donde se resguardan los héroes  recuerdan a esos otros desplazamientos largos  de El gran Cañón en  Young guns I y II.  Lo mismo ocurre con los enfrentamientos y las emboscadas (qué más clásico que el villano resguardado tras una piedra, viendo avanzar al contingente de héroes, esperando, listo para disparar).  El único logro considerable de la película es, quizás, el personaje del “El catorce” Ramírez, el antihéroe de la película que, no obstante, no es sobrepeso suficiente para  la bonhomía de Gorostieta.   


Cristiada  no es una película reveladora; ni siquiera porque desempolve una parte de la historia nacional poco conocida. Es una obra a gusto que se  promociona al final de las homilías dominicales, y que, además,   cae en el rubro de filmes poco fiables,  como la Frida de Salma Hayek o el Zapata  de Alfonso Aráu, que, para fortuna de Cristiada, sigue siendo todavía, y por mucho, la peor. 

martes, 15 de mayo de 2012





Parecía que no iba a ocurrir nunca. Parecía que siempre iba a estar ahí para darnos uno de sus atinados y lúcidos comentarios sobre nuestra realidad, o acerca de los dislates y estupideces de políticos y gobernantes; no sólo los nacionales sino de cualquier latitud. Porque aquello de “mexicano universal” no es un simple eufemismo, una etiqueta con la cual marcar a un viajero incansable, a un observador agudo, crítico, poseedor de una cultura envidiable.  Parecía que nunca dejaría de alegrarnos con un nuevo libro cada cierto tiempo ni con las ansias del próximo (su método de trabajo era disciplinado y apenas entregaba un original, ya estaba con el siguiente).

Parecía, pero no. Hoy nos dejó el escritor, el mexicano universal. Y si bien cuesta creer que no tendremos su voz que nombre  políticos y gobernantes o su dedo índice, torcido por usar todavía la máquina de escribir, señalándolos, tenemos lo mejor que Carlos Fuentes pudo habernos dejado: su inmensa obra.  

Fue hace veinte años cuando lo conocí por primera vez, gracias a mi madre, que además de ser mi madre fue mi maestra. Era el curso de taller de lectura y redacción. Ella, mi mamá y mi maestra, escribía en el pizarrón los libros a elegir  para el  análisis literario. Al fin, terminado el listado, dijo:

                −Muchachos, estos son los libros que pueden escoger para su análisis –volteó a verme con esa severidad en su mirada que yo sabía no iba a aceptar un no como respuesta; incluso desde antes de pronunciada la sentencia −. Víctor, tú vas a leer La región más transparente.

La elección no fue al azar.  Mi maestra, que también es mi mamá, no quiso que me quedara con el cuento en blanco y negro de la Revolución mexicana; debía saber que, tras la contienda, varios vicios del porfiriato no sólo se quedaron, sino que, además, habían evolucionado con el tiempo. La justicia y la injusticia sólo cambiaron de lugar. Por eso La región más transparente. Por eso Carlos Fuentes.
En la obra de Fuentes encontré una mirada de México que si bien me sacudió al inicio, después pasó a ser parte de mi propia idiosincrasia. En la obra de Fuentes descubrí que México no tiene una sola cara, sino varias. Con la obra de Carlos Fuentes tomé conciencia de la herencia genética que viene no sólo de los aztecas, sino  también del Mediterráneo, de los fenicios, los griegos, romanos, judíos y árabes, de la vía láctea  hacia Santiago de Compostela y, claro, de la España medieval. 

En la obra de Fuentes descubrí universos oscuros como los de Aura, Chac Mool, Cambio de piel. Pero también esa mirada libre de prejuicios de la historia: La muerte de Artemio Cruz, La silla del águila, o la maravillosa Los años con Laura Díaz (leída en combo junto con El evangelio según Jesucristo, de Saramago. Cada noche era un sufrimiento terrible elegir cuál de los dos seguir leyendo).  

Carlos Fuentes decía: “Sólo dañamos a los demás cuando somos incapaces de imaginarlos”.  Y la imaginación del escritor era vasta y fértil. En Gringo viejo, Fuentes imagina el destino de Ambrose Bierce entre los desiertos de un México convulso por la revolución.   O en Cristobal no nato, con sarcasmo,  un futuro que, como la Historia lo ha demostrado, se empeña en conservar los lastres de siempre.  

Sobre Terra Nostra,  dice Xavier Velasco que alguna vez le preguntó a Carlos Fuentes que si sus obras fueran cuartos de una casa, qué lugar ocuparía esta novela. La respuesta fue: la más alta, desde donde podía ver todo.

Sobre Terra Nostra  hay un chiste que dice que cuando la escribió, el maestro Fuentes contaba con una beca, y que para leerla también es necesaria una beca. Es verdad. Es la obra más ambiciosa del escritor, una vuelta de tuerca a la historia, una mirada diferente y el Everest personal de varios (inclúyome en el grupo).
Muchos no le perdonan el alejamiento del gobierno cubano, el ser asesor de Echeverría, la amistad con Francois Mitterrand o con Bill Clinton. Enrique Krauze lo llamó “el revolucionario romántico”.  Los recelosos guardianes de la nueva literatura lo acribillaban porque no había leído a Roberto Bolaño; menos que no lo incluyera en su canon personal en su último ensayo: La gran novela latinoamericana. Pero Carlos Fuentes, como él mismo decía, “desayunaba críticos todos los días”.   

Crítico del gobierno de Vicente Fox y de Felipe Calderón. Crítico del PRI y de su actual candidato a la presidencia: “Este señor Enrique Peña Nieto tiene derecho a no leerme, lo que no tiene derecho es a ser presidente de México a partir de la ignorancia, eso es lo grave”;  o de los candidatos en la contienda electoral al llamarlos mediocres. Carlos Fuentes, ante todo, fue un progresista, enemigo de las dictaduras como la de Hugo Chávez en Venezuela.

Los que lo conocieron  personalmente cuentan de su gran generosidad, especialmente  con  lectores (podía pasar hora de pie firmando libros) y con los escritores jóvenes (fue promotor del Crack entre otros, en su). Pero para quienes lo conocimos, lo hicimos nuestro, a través de sus libros nos queda el escritor para el cuál la literatura era todo.
“Con razón o sin ella, yo he vivido para escribir. La literatura, casi desde la infancia, ha sido para mí el filtro de la experiencia, desde el temor a un castigo paterno hasta la noche de amor más reciente. Sexo, política, alma, todo pasa para mí por la experiencia literaria. La expectativa del libro refina y fortalece los datos de la vida vivida. Quizás nada de esto sea cierto o, en realidad, sea al revés: la imaginación literaria es la que determina, provoca,  las demás situaciones “reales” de mi vida. Pero si es así, yo no me entero.” *


*Diana o la cazadora solitaria.