jueves, 31 de enero de 2013


Californication

(Hank Moody  hates us  all)


La escena no podía ser más provocativa: fade in con los coros celestiales de You can´t always get what You want  de fondo,  un  Porsche negro descapotable  entrando en la avenida principal de la iglesia. Un hombre se baja y apenas entra, arroja su cigarro en la pila de agua bendita.  Al llegar al  altar se tutea con el Cristo del centro como si fueran grandes amigos. A la mitad del prolegómeno aparece una monja que le ofrece al hombre una ayuda; éste le dice su problema: es escritor y está bloqueado. La monja  duda si algún padrenuestro u otras tantas avemarías servirán;  entonces le ofrece una desinteresada mamada ahí, a la mitad del altar.  El hombre duda  primero, pero cuando la monja se quita el tocado de la cabeza y aparece una despampanante rubia, queda más que convencido. La monja baja a darle ayuda ofrecida y el hombre, Hank Moody, sabiendo que se irá al infierno sólo levanta la mano para, desde donde lo vemos, taparle el rostro  al Cristo que permanece impávido mientras la felación continúa.

Éstos son los primeros 2:49 minutos de Californication, serie que nos presenta a Hank  Moody, escritor en paro, adicto al  sexo y  un poco más que un simple bebedor social; trasunto de otro Hank, no tan adicto a las mujeres como alcohol, también  escritor y cuya obra es de culto: Charles Bukowski. Pero este otro Hank realmente está bloqueado. El éxito lo alcanzó apenas unos años atrás, cuando Hollywood se fijó en su novela más famosa (God hates us  all) para convertirlo en una vomitiva comedia  romántica.  Además, Karen,  su musa  y madre Becca, la hija de ambos,  lo ha dejado y está por casarse con otro hombre (uno que sí le propuso matrimonio).  
Este es el hilo argumental de la primera temporada de la serie escrita por Tom Kapinos (coproductor de Dawson´s Creek) y que, desde ese primer capítulo, despertó muchísimas críticas1.


Este  continuo perder-ganar-perder a Karen es el leiv motiv de la serie, sumándole, por supuesto, la pléyade de hermosas mujeres con las que Hank se relaciona.  Y cualquiera diría que esto no da para mucho, pero no es  el caso de  Californication: seis temporadas que han dado los mejores desnudos de la televisión, escenas de sexo  explícitas, tríos y situaciones hilarantes, agudos diálogos  no  aptos para adolescentes  ni para personas de breve y acartonado criterio.


California bloquea a Hank, pero al mismo tiempo le  da la mejor historia de su vida: un caso de pederastia y plagio en la primera temporada que hace sonoros ecos en la segunda,  reaparece como forzado y alrevesado  Deux ex machina  en la tercera, y, finalmente, se resuelve  en la cuarta.  Y Hank, como otros grandes autores2, no puede dejar California atrás. Al inicio de la quinta temporada lo vemos de nuevo como un autor consagrado, en su amada Nueva York, rompiendo con la novia en turno que en pleno restaurante  lo acusa de sodomía, y sin otra que aceptar de mala gana una propuesta de trabajo allá, en California; donde tendrá que quedarse una larga temporada  pues su ahora ex  sodomizada novia le incendia el departamento.

Moody no está solo, y éste es uno de los secretos del éxito de la serie. El segundo a bordo (y que bien pudo haber tenido su propia serie) es Charlie Runkle, el agente literario de Hank: amoral, eyaculador precoz, puñetero compulsivo,  exhibicionista, pero eso sí, gran amigo.  La relación entre autor y editor es del estilo de antaño, cuando el segundo era confesor, compañero de briagas y putas, celestino, encubridor, pues,  de todos los vicios del primero. Charlie también tiene su cuota de mujeres que van desde su secretaria bondage, una inocente actriz de porno barato a una intimidante jefa  que no deja de toquetearlo cada que puede; pero su verdadero amor es Marcy, su esposa al inicio y  corrosiva ex mujer después. Marcy es una chaparrita explosiva, grosera, cocainómana,  cuyo mayor atractivo es ese toque preciso de deliciosa vulgaridad que aplica tanto en su vida privada como profesional (tiene un centro de depilación para estrellas de Hollywood).  

Becca, es el punto de balance: el constante estira y afloja de sus padres la hace madurar rápidamente, y es ella quien tiene que poner en su lugar a Karen y a Hank cuando ellos no parecen encontrarlo. No obstante, víctima del paso de la niñez a la adolescencia, la veremos volverse  un dolor de cabeza muy similar al que sus padres fueron  para ella. 

Karen es la mujer, la amante, la amiga y quizás por este último epíteto  es que soporta todos los desvaríos del escritor.  Karen, junto con Becca, es quien más sufre por el ir y venir de  la relación con Hank, y si bien ha intentado reiniciar su vida otras tantas veces (al punto de dejar plantado al novio  después del “sí, acepto”), es la inercia de ese amor el que siempre la lleva a estar cerca de él.

Californication no debe su título al azar, viene de una canción de los Red Hot Chili Peppers; pero no es lo único:  los nombres de varios capítulos tienen su origen en canciones: In utero, de Nirvana (capítulo 10 de la segunda temporada), Wish you where here, de Pink Floyd (capítulo 1 de la segunda temporada),  Exile on Main St., de los Rolling Stones (Capítulo 1 de la cuarta temporada). De la misma manera, la serie está repleta de referencias a grandes músicos y bandas: Guns n´ roses, Warren Zevon, Oasis, Slayer, WhiteSnake, Jon Bon Jovi, Motley Cure, Rick Springfield (quien aparece en la tercera temporada representándose a sí mismo), Oasis, Led Zeppelin, Queen, y, próximamente, Marilyn Manson. 

Como toda serie de larga vida, Californication ha tenido altas y bajas.  De entre las mejores está la segunda, donde aparece ese maravilloso personaje secundario que es Lew Ashby, quien traba una verdadera amistad con Hank tras una confusión de clítoris en una fiesta. En el lado opuesto, la tercera si bien es  divertida (el episodio 8, The apartment, es de lo  mejor), también es floja y el puente de los dos últimos capítulos se siente demasiado impuesto. La cuarta3 logra levantarse y en la quinta, aunque con momentos, vuelve a bajar un poco. La sexta está por estrenarse en América Latina y veremos si la combinación Hank-Karen-mujeres-alcohol, sexo drogas y rock n´ roll, da  vida para un poco más.

Mientras, no queda más que desear que Hank Moody siga odiando, bebiendo, luchando por su familia, acostándose con cuanta mujer se le cruce, escribiendo…En fin, viviendo.




ANOTACIONES:

1.       Una organización cristiana en Australia envió quejas al por mayor, logrando que la televisora que transmitía la serie perdiera un dineral por los contratos de publicidad cancelados.

2.       Sólo por nombrar a algunos que hicieron suya a la California noir y decadente: Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Ross Macdonald, Michael Connelly, James Ellroy, John Fante y, last but not least, el ya mencionado Charles Bukowski.

3.       El final de esta temporada apuntaba para ser el final de la serie: un Hank Moody absuelto de los cargos de corrupción de menores recorre los foros de la película que abordará esa etapa de su vida (es decir, de la primera a esa cuarta temporada). La escenografía de su casa  es la de su casa,  las actrices que representarán a Karen y Becca le recuerdan a Karen y Becca. Y al final lo vemos manejar a toda velocidad, largándose por fin de California,  dejando atrás todo lo que ahora es historia. Ficción dentro de la ficción.


sábado, 26 de enero de 2013

Richie Sambora: Aftermath of the Lowdown


                                                                     
                                                      


A finales de los años ochenta,  cuando finalmente el glam rock  comenzaba su declive y grandes monstruos como Metalica y Guns n´ roses  agitaban multitudes sin tener que disfrazarse de prostitutas ebrias después de una larga noche de trabajo, muchas otras bandas comenzaron a tocar fondo. El paso a los noventa fue el filtro para saber  quiénes estuvieron ahí por  mera moda y quiénes no.

En esos años,  Bon Jovi se enfrentaría a  su primer y único rompimiento.  El motivo de la separación entre Jon Bon Jovi y Richie Sambora (front man y lead guitar de una banda que la mayoría, oblicuamente, relaciona con un solo cantante) fue  poco publicitado. Al final del día,  que una banda de rock  se separe tras alcanzar el éxito es un lugar común.

Jon Bon Jovi la tuvo fácil: no solo era la imagen de la banda, la banda tenía su apellido artístico (Bongiovi es el original), resultaba atractivo para millones de mujeres y las canciones con él sólo sonaban exactamente igual. El Young guns II/Blaze of glory resultó ser todo un éxito1  mientras que Stranger in this town  de Sambora, aunque bien en críticas, no tuvo el mismo éxito de público.

Sambora buscaba por entonces el sonido que le diera una personalidad mucho más allá de ser el guitarra de una banda exitosa, pero que todo mundo ubicaba por el vocalista.  Casi lo logró. Stranger in this town ha envejecido bien, y aunque hay ciertas influencias de su banda madre no cabe duda que es un buen comienzo para un artista completo.


Ya entrados en los noventa Bon Jovi se reunió de nuevo.  Keep the faith  fue su rompimiento con la década pasada, perdió muchos seguidores (los jóvenes de rebeldes cabelleras ochenteras terminaron siendo  los oficinistas calvos de los noventa), pero gano muchísimos más.  Tras Keep the faith y These days2, Bon Jovi volvió a separarse, pero sin rompimiento.

Richie, como los demás3,  entró solo al estudio y presentó Undiscovered Soul. Esta vez la acogida fue un poco más cálida, las ventas mejoraron y los críticos comenzaron a hablar de Richie Sambora no como el guitarrista de Jon Bon Jovi, sino como pieza clave de Bon Jovi; de la misma manera en que Joe Perry lo es para Aerosmith o Keith Richards para los Rolling Stones.


Luego de catorce años, después de  monumentales  giras, discos de Bon Jovi buenos y malos4, Sambora vuelve en solitario con Aftermath of the Lowdown, su tercer álbum y en el que, por fin, encuentra el sonido propio tan anhelado, y en el cual se  muestra algo que muchos seguidores sospechaban: el desempeño de Richie como miembro de la banda se ve acotado por los lineamientos de Jon Bon Jovi, quien, a final de cuentas, es el patrón.


En Aftermath of the Lowdown, Richie Sambora da rienda a suelta a su talento. Hay piezas como Burn the candle down que al escucharse por primera vez, uno se pregunta ¿por qué no haces esto más seguido? Se nota que no hay limitantes, se nota una estructura diferente y fresca. Los rifs y los solos de guitarra forman parte de la canción como una unidad, no son complementos o puentes obligatorios entre un estribillo y el final de la misma5.

Incluso un corte como Nowadays podría pasar como un tema típico  de Bon Jovi, pero se nota el espíritu de Sambora porque la canción vaya a  más de ser “pegajosa”.  Lo mismo aplica para el primer sencillo, Every road leads home to you, que bien pudo pasar como una balada destinada a las listas, pero en cuya manufactura se nota más la presencia del artista que la del rockstar.


La distorsión de guitarras es  algo caracteriza el sonido de este trabajo, y para muestra Sugar Dady, o la que quizás sea la joya de la corona: Learning how to fly (with a broken wing), el más poderoso tema del álbum. 

En contraposición de estos temas enérgicos, están los suaves, que no por suaves pierden: World, reflexiva y breve;  YouCan Only Get So High, al estilo del Undiscovered soul.


Quizás lo que ayudó a este proceso de maduración fueron las largas y oscuras horas de Sambora en los últimos años, rematando con la muerte de su padre. Todo esto se refleja en Seven years gone, un tema que resume lo vivido en ese lapso de tiempo en el que parecía no encontrar el norte. Weathering The Storm habla del camino a través de esa tormenta.


Aftermath of the lowdown es el álbum que muchos esperábamos, y más. Debido a los últimos trabajos de su banda origen, de la que no reniega, muchos esperaban algo en la misma línea, pero Richie Sambora demuestra con creces que es un artista por mérito propio, no sólo el lead guitar  de una gran banda.

Ahora sólo queda esperar, no sin cierto recelo, el nuevo álbum de Bon Jovi, anunciado para marzo del 2013 y cuya primer sencillo,  Because we can,  ya suena en las radios.

Muchos auguran desde ya que no estará a la altura de este Aftermath of the lowdown.



NOTAS.

1. Globo de Oro a la mejor canción de una película (Young Guns II), nominación al Óscar en la misma categoría.

2. Para muchos el mejor álbum de Bon Jovi hasta la fecha; si no es así, sí el más oscuro y pesimista, el más trabajado en cuanto a arreglos y letras, con joyas como Diamond ring,  Hearts Breaking Even, o My Guitar Lies Bleeding in My Arms

  3. David Bryan grabó On a full moon, un álbum instrumental con una versión propia de In these arms. Jon Bon Jovi, lejos, muy lejos del éxito y la calidad del Young Guns II,   publicó Destination anywhere;  soundtrack de la película homónima en la que él mismo fue actor

  4.These lefts feels right, especie de grandes éxitos con un giro “nuevo”, completamente olvidable;  Bounce: continuación del Crush, que comienza bien, pero se cae después del tercer track; Lost Highway: experimento country que no salió tan mal como muchos esperaban; Have a nice day: reivindicación de la banda, un tono más hard  de los anteriores, muy cercano al These days; The Circle: una  suerte de impase en que las cosas ni subieron ni bajaron, aunque cabe destacar Work for the working man, cuya base es muy similar a Livin´on a Prayer, pero en la que, aunque sin haber un solo de guitarra,  Richie se luce, o Bullet, de muchos riffs, y en el mismo tono amargo de Hey God.

5. En canciones como  Love is the only rule  o What do you got? se percibe o el corte de la guitarra en la edición final, o, en todo caso, o la incorporación del mismo porque  había que alargarla un poquito más. 

sábado, 8 de diciembre de 2012


Stephen King: 22/11/64
(El pasado armoniza)



Fue El ciclo del hombre lobo mi primer  libro de Stephen King. Lo encontré en el  Sanborns del centro de Puebla. Era 1990. Siempre he sido adicto a las figuras clásicas del cine de terror (Drácula, Frankenstein, el doctor Jekyll & Míster Hyde), y el hombre lobo me era tan atractiva como cualquiera. Además,  el libro tenía la particularidad de venderse en la portada como “la mejor novela de terror desde Edgar Allan Poe”, llamando todavía más mi atención.  Le pedí a mi mamá me comprara el libro y ella, tras una mueca  y varios intentos por disuadirme a elegir otro, lo compró.






Recuerdo que la novela me gustó, mas no satisfizó mis expectativas. Lo arrumbé por ahí y, sin saber bien  cómo, ha pasado por todos mis libreros, desde la adolescencia hasta ahora. Después, y esto tampoco  lo tengo muy claro, mi abuelo me compró (mueca reprobatoria de mi mamá incluida) dos libros más de King: Maleficio y La hora del vampiro;  ambos en ediciones de EMECÉ que aún conservo. Dada mi fascinación a la imagen del vampiro,  me clavé de inmediato en la segunda.  Aún tengo la noción de lentitud al inicio, como si la novela no quisiera arrancar nunca; pero después, una vez extraviados los chicos Glick, todo se vuelve un alud. En la contraportada de esa edición, con la foto de un King entre misterioso y siniestro que no muestra su rostro completo, hablaba de terror hipnótico, y hoy, a más de veinte años de leída por primera vez, creo que no hay mejor definición para esa novela.


A partir de ahí me volví un Lector Constante del ya bien denominado maestro del terror.  Devoré todo el King de los ochentas, los puntos más altos fue  Cementerio de animales y Misery.  Hubo relatos como El piloto nocturno que me hicieron estremecer,  finales pasmosos como el de Ventana secreta, jardín secreto,   proezas que hoy me parecen imposibles: leer Apocalipsis  e IT en menos de un mes.  Mis puntos más bajos, sin embargo, fueron algunos libros  del King de los noventas: Posesión, La tormenta del siglo, Corazones en la Atlántida, Insomnia, El retrato de Rose Madder entre otras1,  siendo, de esta misma etapa y de toda su obra, Un saco de huesos una de mis grandes consentidas.  Después vinieron otros libros que hicieron que mi entusiasmo por King descendiera unos cuantos grados (sin que jamás llegara  a apagarse): El cazador de sueños2, Buick 8, y Cell no lograron que saliera disparado a la librería, o que no atosigara a los libreros cada dos días preguntando en cuánto tiempo lo tendrían3. 

Pero siempre hay un pero, afortunado en este caso.  A partir de  La historia de Lisey, Stephen King comenzó a vivir una etapa en la que sus críticos hicieron lo que los Lectores Constantes siempre hicimos: reconocerlo como el gran escritor que es.  Seguramente, hoy todavía  Harold Bloom se atraganta  por  el National Book Award por  trayectoria y contribución a las letras estadounidenses, entregado a King en 2002;  reconocimiento dado a otros escritores de la talla de (ejem, ejem): William Faulkner, Saul Below, John Cheever, Philip Roth, Thomas Pynchon, John Updike, Jonathan Franzen, E. Annie Proulx, entre tantos otros.

A La historia de Lisey siguieron Duma Key, Después del anochecer, La cúpula, Todo oscuro, sin estrellas, libros que volvieron a remitirme a esas largas noches de media jarra de café en las que, literalmente, no podía dejar de leer hasta que la madrugada amenazaba con volverse amanecer.  Y entre estas espléndidas novelas y colecciones de relatos está la que posiblemente sea, hasta ahora, ojalá y lo mejor esté por venir,  la mejor del King del nuevo siglo: 22/11/63.

Y he aquí una advertencia: quién diga que 22/11/63  es una novela sólo de “viajes en el tiempo” deberá ser considerado El Rey de la Valoración Simplista. Porque desde el momento en que Jack Epping y Al Templeton discuten de lo que pudo haber sido de la historia  si Kennedy no hubiera muerto en Dallas (de la posibilidad de salvarlo), en ese momento la novela toma un cariz social. Pero vamos, King podrá ser muchas  cosas menos un escritor limitado a un solo tema.

La historia comienza con Jack Epping, profesor universitario con problemas maritales quien lee asombrado el ensayo de Harry Dunning, uno de sus alumnos de clases para adultos. El escrito versa sobre la noche en que el padre de  Harry asesina a casi toda la familia. El relato es tan sobrecogedor que Jack pasa de largo las faltas ortográficas y se pregunta qué habría sido de ese hombre de quien todos se burlan si aquella terrible noche nunca hubiera ocurrido. La posible respuesta viene de Al Templeton, dueño del restaurante que más desconfianza genera en los lugareños. En la cocina de Al hay un “agujero de conejo”, una escalera invisible que lleva a 1959, siempre a la misma hora y siempre a 1959.

Al Templeton está en las últimas. Un cáncer de pulmón se come violentamente su vida y la posibilidad de llevar a cabo un plan que habría de cambiar el rumbo de los Estados Unidos y, por ende, del mundo entero: salvar a John Fitzgerald Kennedy.  Jack, sólo por comprobar que aquello no es una locura, hace una prueba y “desciende” a 1959. Pasada la sorpresa, Jack lleva a cabo su primera misión: darle a Harry una vida distinta, salvando a su familia.

Pero las cosas no son tan fáciles (nada en la obra de King lo es, por mucho que sus viejos críticos se esmeren en presuponer), porque el pasado es una entidad viva, y como tal no se la pone fácil al intruso: diarreas, vómitos, vértigos, llantas ponchadas, golpizas, todo tipo de obstáculos se anteponen a Jack antes de lograr su cometido. Al regresar al presente, Jack descubre que ha cambiado la historia de su alumno… Y esta historia no es como la pensó. Una vez que la mariposa ha movido sus alas, los efectos al otro lado del mundo pueden ser desastrosos.

 A pesar de esto, Jack tiene la oportunidad de rehacer todo, pues el agujero de conejo siempre lleva a la misma fecha y hora, deshaciendo en automático lo hecho en el primer descenso. Al regresar, ya con la firme idea de salvar a Kennedy, Epping rehace su plan de manera mucho más efectiva para que, una vez salvada la familia de su alumno, pueda encaminarse hacia Dallas. Tiene cuatro años para establecer sus pasos en torno a Lee Harvey Oswald.

Como en ninguna de sus obras anteriores, King se documentó hasta el hartazgo para esta novela.  Los detalles de la vida de Oswald van dándole una dimensión oscura al personaje.  Para la ambientación no hubo necesidad de investigar, esa Norteamérica de finales de los cincuentas es la Norteamérica de King; él la vivió intensamente, la observó, la analizó. Para el escritor debió ser realmente un placentero viaje al pasado.

Jack Epping, convertido en George Amberson, tendrá también se segunda oportunidad para el amor con Sadie Underhill,  guapa profesora que viene huyendo  de sus propios demonios. Sadie será el motivo por el cual Jack decida dejar de ser Jack para siempre y quedarse en esa época, pero las cosas nunca salen como se planean (menos en una novela de Stephen King), y ya sea por efecto del destino o del pasado empeñado en detener a Jack/George, los demonios de Sadie se encararán de manera cruel contra la pareja.   



La tesis de King es la del asesino solitario, muy a pesar de la opinión de su esposa Thabita, quien, como muchos, está de lado de la conspiración4. Es Oswald quien concentra toda esa oscuridad capaz de hacerlo jalar el gatillo. Pero si Oswald es en la novela un personaje odioso, también lo son las localidades: Derry es una ciudad en perpetuo estado de putrefacción,  donde se concentran no sólo aquellas tinieblas conocidas por los Lectores Constantes, sino también las típicas actitudes yanquis, cerradas y cuadradas,  que tanto han dado fama al pueblo estadounidense.  

Sin embargo, es Dallas quien se lleva el premio. King, todo un demócrata5, no duda en mostrar su desagrado por una ciudad netamente republicana, ni en la ficción ni en la nota final del libro. Se siente el ambiente pesado, y cuando uno sale de ahí en compañía de Jack/George, da gracias y desearía no volver a regresar, pero sabe (sabemos) que se debe regresar hasta completar la misión. Quizás una teoría involuntaria de la novela es que sólo en un lugar tan umbrío pudo haber pasado un suceso como el asesinato de un presidente a quien la mayoría de cowboys  de la época despreciaban; <<el irlandés ese>>, le llamaban.

Para todos los  Lectores Constantes, 22/11/63 tiene  algunos guiños que arrancan sonrisas: el Plymouth Fury rojo en el estacionamiento cercano a la salida del hoyo de conejo. Dan ganas de decirle a Jack que lo golpee y espere  a ver cómo se regenera, pero que tenga cuidado de no enamorarse. O volver a  ver a Richie Tozier y Beverly Marsh para corroborar lo que siempre se sospechó: la oscuridad en Derry nunca sucumbió por completo ante los  embates de El club de los perdedores; y ellos lo sabían desde antes de irse del pueblo maldito.

Hacia el final de la novela, y sin develar nada de la trama, Jack aprende que hay ciertas fuerzas con las que no puede meterse sin generar un cambio brutal; que, nunca antes nunca mejor dicho, “por algo ocurren las cosas” y que así como ocurrieron se deben quedar. 

Leída y gozada la novela, llevado no sólo al pasado de Estados Unidos sino al mío propio, cuando se rogaba porque la noche rindiese para terminar un capítulo más o para llegar al final, sólo queda, como en ese pasado, esperar con ansia el próximo libro de Stephen King.  



NOTAS


1.- Debo ser de los pocos lectores de King que, hasta la fecha, no logran emocionarse con la saga de La torre oscura.

2.-Lo único peor que el libro es la película, y viceversa.  

3.-Sufría yo y sufrían los libreros: las novelas de  King aparecían primero en España y su periplo para llegar a América Latina, teniendo a Argentina como primera parada, podría durar hasta meses; mismos en los que  atosigaba a todos los libreros: “Disculpe, ¿todavía no tendrás el nuevo de Stephen King?”. Por suerte las cosas han cambiado, apenas un poco, pero ya cambiaron.

4.-Yo mismo soy partidario de la conspiración así que: go, Tabby, go!

5.-Una imagen para la posteridad: marcha en contra de la guerra en Irak, mucha gente, y entre ellas Stephen King vestido con una playera blanca con la imagen en negro de George Bush II, y la leyenda junto a éste: International Terrorist (Terrorista Internacional).


jueves, 22 de noviembre de 2012

La radio como medio masivo de descalificación.

Pasa que muchas veces la música del carro cansa, o se antoja buscar por las estaciones de radio  algo que suene distinto a lo que traemos. Eso me ocurrió, y en una tarde de tráfico pesado comencé a buscar algo de jazz, pues, extrañamente, no cargo mucho en el celular. Fue cuando me topé con el programa de radio de Esteban Arce, en Imagen.

Recordaba a Arce por motivos separados en el  tiempo: por el programa El calabozo y por la polémica desatada cuando dejó a la vista su lado homofóbico al dispararse  el debate del matrimonio entre personas del mismo sexo. Antes de eso, este personaje jamás pasó por mi mente, hasta que sintonicé la radio.

Escucharlo hablar, soltar albures de cuarta en plena radio nacional me dio curiosidad. Recordé sus participaciones en El calabozo, el cual tampoco era un programa que brillara por inteligente o innovador; más bien, todo lo contrario.  Teniendo esto en mente, nunca imaginé a un Esteban Arce abrumadoramente derechoso y unilateral, cuyos juicios de valor (mismos que expresa con bríos y cólera apenas contenida) se tamizan por lo que está bien para la iglesia católica y lo que no está bien para la iglesia católica.

Hay que escuchar unos cuantos programas para darse cuenta que Arce tiene una misión: descalificar absolutamente  todo lo que a su reducido juicio vaya en contra de la iglesia y de lo que él entiende como  moral  católica.  Y hay que decirlo: lo hace bien, es un buen sayón que cabalga con la espada de “conmigo o en mi contra” desenvainada.

Esteban Arce es un totalitario en ciernes. Un aprendiz de fascista que se disfraza de  comunicador fresco y hasta popular, con chistes pésimos y los ya antes mencionados albures de cuarta. Toda la derecha cabe en su mundo, en su programa, incluso, para taparle un ojo al gato,  se permite una crítica blanda de vez en cuando, pero nada más.

Por el otro lado, todo lo que le huela a izquierda o socialdemocracia es corrupto y corruptor, mal habido, destinado al fracaso. Lo mismo le da criticar a legisladores del PRD, PT (los cuales, hay que decirlo, le dan mucho material) que descalificar como una porquería a un país entero como Canadá porque este le da asilo político  a  Napoléon Gómez Urrutia.  Para él no importa la pantomima hecha por el gobierno Federal en el caso de Florence Cazzes, él ya la estigmatizó: no hay dos banquetas en la calle, no hay otra versión válida, ni posible defensa para la mujer.  

Pero dentro de todas estas linduras, hay dos palabras que enervan al supuesto comunicador: comunista y homosexual. Tales son sus fobias (netamente católicas de la mitad del siglo pasado) que una supuesta homosexualidad de Barack Obama, así como su asociación a logias secretas como los Iluminatti, son suficientes para decir que Mitt Romney habría sido un mejor presidente para los Estados Unidos y una mejor opción para la comunidad latina.  Y claro que se empapa del tema, Esteban Arce tiene todo un equipo como él, de ultraderecha, que se encarga de refrendar sus palabras en cada programa.

Otro ejemplo: en YouTube se puede ver un video donde mientras uno de sus colaboradores le da un punto a favor a José Saramago, Esteban Arce lo descalifica por ser un comunista. En el video se muestra como Arce se cierra a cualquier argumento posible que eleve un poco la figura del gran escritor luso. En cierto momento parece darse cuenta de estarse mostrando cual intolerante es, y cede un poco: <<Escribe bien>>, dice, y uno se pregunta cómo alguien que apenas si escribe puede criticar a otro que no sólo ha hecho de la escritura su vida sino que   la ha llevado niveles altísimos (y no sólo por El evangelio según Jesucristo o Caín, libros que, seguramente, Esteban Arce no ha leído pero detesta por igual, sino por toda la obra de Saramago).

En contraparte, por supuesto, todo lo que hable bien de la iglesia católica, así sea la presentación de una red social para rezar unos por otros, o alguna nota de algún sacerdote amigo suyo, es digno de mención. Dijo en una emisión, refiriéndose a la iglesia católica: <<… No han podido acabar con ella, ni los romanos ni el comunismo, nadie en dos mil años…>>.  Lo que Arce no ve es que no se necesita una fuerza exterior; la iglesia católica está acabando con ella misma, por dentro.

Es fácil imaginarse a Esteban Arce en otra vida, en siglos pasados, un Torquemada de pueblo,  gritando iracundo, pidiendo fuego o la horca para el pecador  (mujeres u hombres de ciencia, en buena parte), dando gracias al cielo por la santa inquisición.

Claro que es su espacio informativo, y puede hacer en el lo que quiera. Seguramente debe tener una audiencia ansiosa de escucharlo, que lo ven como un líder o un guía. Qué bien, que lo  siga haciendo.  El chiste es que cada quien pueda expresarse con libertad, aunque desde esa libertad  haya quienes se alcen como voceros de la verdad universal y descalifiquen a quienes no piensan como ellos. Depende de cada uno tomar con lucidez los comentarios (sean de derecha o izquierda, ambos extremos y ambos “ultras” han llevado a la humanidad a cruentas guerras), aunque eso sí:  es igual de peligroso alborotar al pueblo desde una tribuna de radio que desde la plaza de la Constitución.


Hay que tomar las cosas  de quien vienen, y  con cambiar la estación o apagar el radio lo dejo ejercer su derecho a expresarse y, de paso, yo ejerzo mi derecho a escuchar algo mejor. 

lunes, 12 de noviembre de 2012



Hay ciertos placeres que la modernidad nunca podrá darnos. Aunque aparentemente, Internet  está devorando el mercado editorial y los agoreros del desastre babean con el supuesto final del la era Gutenberg, lo cierto es que pocas cosas  pueden compararse con entrar a una librería de viejo.  Hay una promesa de aventura en esas bodegas donde el polvo y la humedad dan la bienvenida apenas se cruza la entrada.

Llevo años yendo a la librería Los hijos de Sánchez, que está sobre la 3 sur, entre la 7 y la 9 poniente (antes estaba en la 4 sur, entre la 9 y la 11 oriente). Caí ahí cuando la falta de trabajo y el hambre me obligaron a ordeñar mi  biblioteca (¿quién dice que los libros no dan de comer?); después, cuando comencé a pulir lecturas, regresé con varios libros que me retribuían un costo mínimo en comparación con el precio original. Actualmente voy cuando hago purga de tal o cual libro que no me gustó o que, en definitiva, ya no pienso leer.

Pero lo mejor es cuando voy por el simple deseo de ser encontrado por ese libro que llevo años buscando, algún descatalogado o una edición  vieja de un ejemplar que ya poseo.  Me pasó apenas con una novela de Emilio Carballido  que en la mayoría de las librerías comerciales está arriba de $100; en Los hijos de Sánchez lo encontré en la colección Volador, de Joaquín Mortiz, por $40. Sus páginas amarillean, huele a viejo y tiene rastros de sus antiguos dueños. En otra ocasión me topé con una edición vieja de Carrie; tanto que Stepehen King todavía no alcanzaba la fama y, como dice en la solapa, daba clases en una escuela de Maine.



Otra ventaja es que siempre están en temporada de rebajas; incluso los títulos nuevos tienen un precio que muchas veces hacen preguntarse por qué nadie se ha dado  cuenta de semejante ganga. Pero lo mejor no está en el apartado de novedades, sino en la mesa central: ahí, formados en varias filas, se mezclan clásicos con best sellers. Igual se puede topar con el último Harry Potter que con una edición viejísima de El velo pintado de Somerset Maugham, o algún libro de Vázquez Montalbán imposible de encontrar en los catálogos en línea de las librerías nacionales.

Un poco más al fondo, en otra larga mesa atiborrada, está la sección para exigentes: libros en inglés o alemán, la mayoría en ediciones de bolsillo manoseadísimas, con los lomos llenos de estrías. También están las especialidades: física, química, medicina, matemáticas. Da cierta nostalgia encontrarse con esos libros de informática que en algún punto de la juventud fueron lo último de lo último: Cómo usar dBase III plus, Manual de usuario de Windows 95, Programación Pascal, Cómo programar en C y C++ (dinosaurios prematuros de la editorial McGraw Hill que el abrumador avance de la tecnología se encargó de descontinuar incluso antes de los productos sobre los que versaban).

Siempre hay una novedad, un descubrimiento afortunado, una sorpresa esperándonos entre las filas y columnas de libros viejos. Libros que han pasados por cualquier cantidad de manos y que esperan a ser encontrados. Es la búsqueda del tesoro, la promesa de aventura, del placer que la modernidad todavía no puede darnos.    

sábado, 11 de agosto de 2012


Paliativo
(Al pueblo pan y circo)

−Aparecieron más muertos por el narcotráfico.
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−El conflicto electoral todavía no se soluciona.
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Ya viene otro gasolinazo.
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Siguen los problemas con tu esposa
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Tu sueldo no te alcanza para maldita la cosa
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Tus jefes buscan la manera de correrte
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Las deudas te están comiendo
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Los políticos siguen vejando al país
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−El nuevo gobierno comenzó ya con actos de censura a la libertad de expresión.
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Lydia Cacho tiene que irse del país por amenazas y el gobierno no hace nada.
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−La trata de personas  sigue creciendo en el país.
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!

−Mujeres asesinadas, violadas, secuestradas.
−No importa, ¡ganó la selección mexicana!


Y así…

domingo, 5 de agosto de 2012


Por el Bulevar de los sueños rotos
(Joaquín Sabina)

En el bulevar de los sueños rotos
vive una dama de poncho rojo,
pelo de plata y carne morena.                                       Chavela Vargas (1919 -2012)

Mestiza ardiente de lengua libre,
gata valiente de piel de tigre
con voz de rayo de luna llena.

Por el bulevar de los sueños rotos

pasan de largo los terremotos
y hay un tequila por cada duda.
Cuando Agustín se sienta al piano
Diego Rivera, lápiz en mano,
dibuja a Frida Kahlo desnuda.

Se escapó de cárcel de amor,

de un delirio de alcohol,
de mil noches en vela.
Se dejó el corazón en Madrid
¡quien supiera reír
como llora Chavela!

Por el bulevar de los sueños rotos

desconsolados van los devotos
de San Antonio pidiendo besos
Ponme la mano aquí Macorina
rezan tus fieles por las cantinas,
Paloma Negra de los excesos.

Por el bulevar de los sueños rotos

moja una lágrima antiguas fotos
y una canción se burla del miedo.
Las amarguras no son amargas
cuando las canta Chavela Vargas
y las escribe un tal José Alfredo.

Las amarguras no son amargas
cuando las canta Chavela Vargas
y las escribe un tal José Alfredo.
Por el boulevar de los sueños rotos…